DIARIO DE UNA ALBAYZINERA 1920

Ciber-novela por entregas en formato de Diario

6 NOVIEMBRE DE 1920, SÁBADO

Narrado por la autora
MaRGaRiTa MaRíN


Querido Diario:

Hoy salí a comprar unos botones para unos arreglos y el panorama era pa’llorar. Era descorazonador el triste espectáculo. Por las calles del centro desfilan infinidad de personas tullidas y enfermas clamando al cielo, buscando almas nobles a las que implorarles “una limosna, por el amor de Dios”.

Pero más triste aún es pensar que la solución está en apartarlos de la calle para no verlos, cuando se nos tenía que caer la cara de vergüenza a todos de no ser capaces de reconducir la vida de estas personas que necesitan ayuda con medidas eficaces.

¡Pues sí, es horrible la visión, pero eso es lo que hay! Y no nos queda más que abrir los ojos si queremos solucionarlo por muy triste y fea que sea la realidad. Que nadie se levanta por la mañana diciendo:

-“Mira, he decidido que a partir de hoy voy a ser pobre, me voy a poner enfermo (o me voy a amputar un brazo, una pierna o lo que sea) y me voy a morir de hambre”.

Es que… parecemos gilones perdíos, oye.

No hay mayor problema que querer ignorar los problemas.

Si es teniendo posibles y ya cuesta comer… ¡De verdad que no entiendo dónde tenemos las cabecicas!

Hoy, sin ir más lejos, han descubierto un matadero clandestino en el Postigo de San Agustín (nº8), en una habitación inmunda con horribles condiciones higiénicas y al lado de unas letrinas rebosantes de inmundicias…

Anda que…

¡Qué asco, mare mía! ¡A saber a quién le vendería la carne! Pero, vamos, al que fuera, le estaba vendiendo todas las papeletas para el sorteo de una triquinosis o algo así.

¡Hay que tener valor! ¡A saber qué estaremos comiendo!

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3 Comentarios

  1. Pacojulio Jr 9 noviembre 2020

    Casi 100 años ha costado ponerle nombre a eso: aporofobia

  2. Pacojulio Jr 9 noviembre 2020

    Pienso si no será motivada (la aparición o necesidad de crear esa palabra) por la desaparición de la caridad como una costumbre institucionalizada. Ya sé que aún quedan los “pobres oficiales” y sus favorecedores cotidianos en las puertas de parroquias y catedrales, pero el hábito, la costumbre de equilibrar o compensar se viene diluyendo empañado por una conveniente suspicacia revestida de indiferencia.

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